El Catafracto

El Catafracto

jueves, 17 de febrero de 2011

El manual de Epicteto

Epicteto y su filosofía

    Epicteto nació en Hierápolis, Frigia (la actual Pamukkale, Turquía) aproximadamente hacia el año 55 DC. Falleció en Nicópolis, Grecia, hacia el 135 DC cuando tenía ya cerca de 80 años. Su verdadero nombre, si es que tuvo algún otro, no ha llegado a nosotros. La palabra epiktetos en griego significa “adquirido” o “comprado”. Durante sus primeros años fue esclavo de un personaje muy rico del entorno de Nerón y, siendo todavía esclavo, fue discípulo del filósofo estoico romano Musonio Rufo. Físicamente se hallaba impedido en una pierna y rengueaba; según algunos fue su amo el que se la quebró, según otros se trató de una condición de nacimiento.

   No sabemos muy bien cómo fue que obtuvo la libertad, pero lo cierto es que comenzó a enseñar filosofía y, cuando en el año 93 Domiciano expulsó a todos los filósofos de Roma, Epicteto se estableció en la ciudad griega de Nicópolis, donde fundó una escuela filosófica y permaneció hasta su muerte. 

   Que sepamos, no dejó nada escrito, al igual que Sócrates a quien admiraba. Así como el pensamiento de Sócrates nos ha llegado gracias a su discípulo Platón, del mismo modo conocemos el de Epicteto gracias a su discípulo Lucio Flavio Arrio – al que no debemos confundir con Arrio de Alejandría, el iniciador de la herejía arriana y que vivió entre los Siglos III y IV DC.

    Lucio Flavio Arrio estudió con Epicteto allá por el 108 DC. Su obra principal son sus Discursos, de los cuales se conservan cuatro de un total de ocho, y el Enquiridion que significa “Manual” y que contiene las enseñanzas de Epicteto en forma de sentencias cortas que reflejan los dichos del maestro. Según el testimonio de Arrio, cuando escuchaba a Epicteto: “. . .cualquier cosa que decía, yo tomaba nota de su forma de pensar y de la franqueza de su discurso, palabra por palabra y para mi uso propio.”

    El Enquiridion o “Manual de Epicteto” no es, pues, un tratado prolijamente elaborado sino un conjunto de notas tomadas por un discípulo. Y es importante tener esto en cuenta ya que, de otro modo, podría cometerse el error de pensar que Epicteto tenía un estilo más bien pobre y la tendencia de saltar de un tema a otro sin una coherencia demasiado estricta. Que ello no es así se infiere fácilmente y no en última instancia de las importantes personalidades que buscaron su consejo. Fueron muchos los que fueron a Nicópolis a escucharlo, entre ellos incluso Adriano, el emperador.

    Epicteto vivió una vida larga, muy sencilla, con muy pocas posesiones personales. Ya a una edad avanzada adoptó a un niño abandonado y lo crió con la ayuda de una mujer que lo atendía. Su preocupación principal fue la ética y la moral, un rasgo que puede decirse que es común a los estoicos, pero en él esta inquietud está enfocada en la “verdadera naturaleza de las cosas” y, dentro de este concepto, hace la distinción de lo que “está bajo nuestro control”, vale decir: lo que depende de nosotros mismos, y lo que esta “fuera de nuestro control” y por lo tanto depende, ya sea de la Naturaleza misma o bien de los demás. En la primera categoría se incluyen conceptos tales como el razonamiento, el deseo, el rechazo, los impulsos y las pasiones. A la segunda categoría pertenecen la salud, las riquezas materiales, la fama, los honores y cosas similares.

    Hecha la distinción, Epicteto establece luego dos conceptos fundamentales: el de la prohairesis y el de la dihairesis. La prohairesis – que podríamos traducir libremente por “voluntad” o quizás más correctamente por “libre albedrío” – es lo que distingue al ser humano de todos los demás seres vivos. En este sentido, según Epicteto, “somos nuestra prohairesis”; vale decir, somos lo que por nuestro libre albedrío hemos decidido ser; somos lo que elegimos. En contrapartida, la dihairesis proviene de Sócrates y Platón. Es un método fundado en la posibilidad de dividir grandes grupos en partes relativamente iguales hasta lograr una definición. En Epicteto, la dihairesis es lo que utiliza nuestro libre albedrío para distinguir aquello que está bajo nuestro control de aquello que no lo está.

    La conclusión final de esta filosofía es que el bien y el mal se relacionan exclusivamente con nuestra prohairesis, es decir: con nuestro libre albedrío, por lo que no dependen de las cosas externas o circunstanciales. En otras palabras: somos nuestro propio bien y nuestro propio mal, más allá de las circunstancias, puesto que la facultad de elegir reside en nuestro libre albedrío. Somos nosotros los que elegimos. Tenemos la facultad de elegir entre el bien y el mal y, por lo tanto, somos responsables por nuestro propio Destino ya que el mismo está en nuestras propias manos. No así la Fatalidad, que es lo que “nos sucede” y que responde a causas externas fuera de nuestro control, mientras que al Destino lo vamos construyendo con las cosas que hacemos suceder porque las elegimos.

    La consecuencia principal de este enfoque es que no debemos permitir que las cosas externas influyan en nuestras determinaciones ni alteren nuestro ánimo. Siendo que no están bajo nuestro control, nada podemos hacer por evitarlas. Pero, en contrapartida, está bajo nuestro control el permitir, o no permitir, que nos afecten. Conociendo, pues, la verdadera “naturaleza de las cosas” – o bien, lo que es lo mismo, el orden imperante en la Naturaleza y el Cosmos –  estaremos en condiciones de llevar una vida caracterizada por la serenidad y el equilibrio. No permitiremos que lo externo nos afecte y, ejerciendo nuestra voluntad, no sólo podremos rechazar el mal sino hasta utilizarlo como elemento de aprendizaje para acceder al Supremo Bien.

Denes Martos
 

ENQUIRIDION
(o Manual de Epicteto)

Compilado por Lucio Flavio Arrio hacia año 135 DC
Traducido de la versión inglesa de Elizabeth Carter

No hay comentarios:

Publicar un comentario